Siempre que me preguntan por qué me gusta tanto mi carrera, o qué es lo que me hace amarla tanto, mi mente me transporta a un lugar lleno de palabras en el que siempre, inevitablemente, una de ellas resalta entre el resto. Una palabra que me define tanto, que incluso la tengo tatuada detrás de mi oreja y forma parte de mi biografía: daydreamer.  

Esa palabra dice mucho de quién soy y cómo vivo la vida; y lo que me encanta de mi carrera, es que me da una excusa para hacer eso que tanto me gusta y además, mientras lo hago, ir desarrollando casi sin darme cuenta, una carrera lucrativa.

Diseñar, para mí, es un proceso que empieza justo así: daydreaming… Es un proceso que empieza justo en ese lugar misterioso en el que esa palabra aparece en mi mente…

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La primera reunión con un cliente siempre es una gran experiencia, porque mientras él/ella habla, y me transmite sus necesidades, deseos y sueños, mi mente toma vida propia y se embarca en un viaje a través de esas necesidades, deseos y sueños, volviéndolos reales, dándoles forma hasta convertirlos en algo tangible; al menos tangible en mi mente…

Lo que ocurre a partir de ese momento, es un reto (reto es otra de las palabras que me define enormemente).

Desde ese instante en el que los sueños del cliente se funden con los míos, el transformar en algo real esas necesidades, deseos y sueños, se convierte en mi reto y mi realidad: Hacer de lo intangible algo tangible, palpable, vivible. Tomar mi paleta de pintor y lograr que mi mano se convierta en una extensión de mis ilusiones.

Y que cuando finalmente logre materializar lo etéreo, nuevas necesidades, deseos y sueños empiecen a aparecer y la historia a contar empiece a ser otra…