Siempre que pienso en el estereotipo de los arquitectos, más que imaginar la tan frecuentemente descrita imagen (ropa negra y lentes de pasta) con la que suele asociársenos, pienso en las complicadas palabras que utilizamos, los tan elaborados discursos que solemos darle a nuestros clientes, la mitad de los cuales tiene menos sentido del que nos gusta creer.

Trato de entender por qué los arquitectos hablamos como lo hacemos y realmente lo único que se me ocurre es esa necesidad casi patológica de parecer más inteligentes que el resto de los mortales. *¡Sí! ¡Lo dije!*

Lo más impresionante de todo esto, es que ¡nuestro sistema funciona! Es sorprendente descubrir que, muchas veces, la cantidad de contratos conseguidos por un arquitecto, es directamente proporcional a lo rebuscado de su vocabulario.

Intento aplicar mis vagos conocimientos de psicología para descifrar este misterio, y se me ocurre que quizás los clientes realmente asumen que los arquitectos somos inteligentes, debido a que ellos (los clientes) no entienden ni la mitad de lo que los arquitectos decimos, ergo *¿Ven? Arquitecto al fin, debo usar palabras rebuscadas. Esta quiere decir por lo tanto*, los arquitectos debemos ser mucho más inteligente que ellos (clientes), ergo *de nuevo, palabra rebuscada* debemos ser muy buenos en lo que hacemos. *Lógico, ¿cierto? …¡cierto!*

Honestamente pienso que los clientes que crean en eso no deben ser muy inteligentes, o al menos no deben usar mucho la lógica, *cuchillo al cuello* porque toda esta locura de palabras incomprensibles comparadas con coeficiente intelectual, no tiene ni un poco de sentido, pero es algo tan común, que asusta. Cada vez que le pido opinión a un no arquitecto sobre alguno de mis ensayos, me sorprendo al encontrar respuestas como: “suena bonito, pero tú sabes que yo no entiendo mucho de eso.”

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No sé desde qué momento empezamos a convertirnos en máquinas del idioma rebuscado; quizás nacemos con eso y simplemente llevamos el idioma de los arquitectos impreso en los genes, o quizás  es producto de un lavado cerebral llevado a cabo durante nuestros años en la Universidad… me encantaría conocer esta respuesta.

En todo caso, estoy segura de que es una fuerza superior que se escapa de nuestro control, y la razón por la que estoy convencida de esto es porque, aun cuando siempre me he burlado del idioma de los arquitectos, no dejo de usarlo cuando me toca reunirme con un cliente; siempre lo deleito/confundo con una de esas frases que sólo nosotros sabemos lo que significa. Lo más sorprendente de todo esto, es que nosotros (los arquitectos) realmente creemos que lo que decimos es totalmente lógico y comprensible.

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Sería interesante entonces, crear un diccionario de arquitectura, pero no de esos que ya existen, que tienen la terminología técnica que solemos utilizar; me refiero a uno con las frases más comúnmente usadas para describir nuestros proyectos en las memorias descriptivas.

Uno que podamos prestárselo a los futuros clientes, para que lo lean antes de reunirse con nosotros para, de esa forma, no hacerlos sentir como unos completos ignorantes. Pero, por otra parte, entonces no podríamos cubrir nuestra necesidad patológica de parecer más inteligentes que el resto.

Mhmmm… ahora que lo pienso, el diccionario ya no parece una muy buena idea.