Sentada frente a mi máquina, recordando mis años como estudiante, me siento invadida por un sinfín de emociones. Recuerdo el sentirme grande, adulta, con un propósito en la vida, pero por sobre todas las cosas, recuerdo la ansiedad; esa que provenía de no tener idea de lo que podía pasar después de la entrega de algún proyecto en las clases de diseño. La intensa angustia y vacío en el estómago producto de no tener una regla a seguir, una lista de pasos que me permitieran saber cuándo, mi arduo trabajo, daría buenos frutos. No era igual para los estudiantes de otras carreras. Los estudiantes de ingeniería, por ejemplo, sabían que, si se aprendían las fórmulas, saldrían bien en los exámenes; pero era distinto para nosotros, todo era subjetivo y confuso.

Cada vez que nos daban una nueva asignación, un nuevo proyecto a ser desarrollado, corríamos a la biblioteca (sí, biblioteca, no utilizábamos el internet con tanta frecuencia como ahora) a buscar tanta información como nos permitiera el limitado tiempo libre que teníamos. Llenábamos nuestras mentes con las fotografías instantáneas que tomaban nuestros ojos; líneas rectas, líneas curvas, dobles alturas, llenos y vacíos; todo lo que a otros les hubiese funcionado en el pasado, con la intención de hacernos creer a nosotros mismos que teníamos esperanzas de hacerlo bien.

Era tan claro para nosotros que ese era el camino a seguir, que casi empezaba a convertirse en LA regla; esa regla que no teníamos pero que tanta falta nos hacía. Incluso los profesores la apoyaban, era la forma en la que, según ellos, podíamos echar a andar el proceso creativo.

Siempre recuerdo que, en las clases de diseño, los profesores solían ir de puesto en puesto para escuchar nuestras largas y rebuscadas explicaciones sobre el proyecto en el que estábamos trabajando y, la mayoría de las veces, al terminar nuestra explicación, ellos nos recomendaban buscar información sobre algún arquitecto que hubiesen asociado con nuestro diseño. En una oportunidad, cuando el profesor casi terminaba su ronda, se topó con uno de mis compañeros y, después de escuchar su descripción del proyecto, le dijo: “No busques más información, tienes demasiadas referencias en mente y ya el proyecto no parece tuyo.”

Ese es uno de los momentos que marcó mi carrera y me hizo abrir los ojos. Allí, parada, como frente a una pantalla de cine observando una película de suspenso, entendí, por primera vez, que no se trataba de convertirnos en bibliotecas ambulantes capaces de recitar uno a uno los proyectos realizados por los grandes arquitectos; que debíamos ser capaces de creer en nosotros y de hacer que el mundo creyera en nosotros.

Entendí que debemos evitar caer en el camino común, el seguido por la mayoría, ese que, durante los años de estudio, parte de la incertidumbre de no saber lo que hacemos, y que nos lleva a concentrarnos demasiado en lo que hacen los demás, los conocidos, los grandes y famosos.

No se trata de reinventar la rueda, y por esto es importante analizar lo que otros han hecho en situaciones similares, pero es muy importante descubrir quienes somos para lograr tener éxito. Siempre debemos dejar nuestra marca, nuestro sello, ese pequeño detalle que nos diferencia del resto y nos hace especiales. Sé que lleva tiempo, pero cuando logramos la confianza necesaria para saber de lo que somos capaces, realmente empezamos a disfrutar nuestra carrera.

La arquitectura es una profesión hermosa, capaz de permitirnos dejar una huella en el mundo, pero sólo cuando adquirimos la confianza necesaria para avanzar, para dejar atrás las inseguridades, las referencias, logramos grandes cosas.

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Un poco de confianza y unas cuantas horas de estudio e investigación pueden llevarnos tan lejos como podamos soñar…