La frase que dice “un silencio vale más que mil palabras” siempre me ha puesto a pensar. ¿Cómo  algo tan imperceptible como el silencio puede estar tan cargado de significados? ¡Mil palabras!, y todas ellas pierden valor o se anulan al lado de un único y profundo silencio.

La razón es simple: Si bien el silencio es la ausencia de todo sonido, no es imperceptible; por el contrario, es justamente esa ausencia la que le otorga su grandeza y lo pone en evidencia.

En nuestras vidas, el silencio puede tener muchas connotaciones. Nos encontramos con silencios malos, como esos que nos causan incertidumbre y dudas; pero los hay también buenos, de los que nos dicen que las palabras están de más, que las palabras podrían incluso empañar la perfección del momento.

Y, así como en la música, también hay silencios que se traducen en pausas, las que anhelamos cuando nuestro día a día se acelera, cuando nuestras vidas nos consumen, anulando nuestros pensamientos y deseos; cuando, sin darnos cuenta, empezamos a dejarnos llevar por la corriente; allí, en esos momentos, una pausa, un silencio, se vuelve necesario.

Estos silencios buenos pueden ser reunidos en una sola palabra: paz.

.

En la arquitectura también encontramos ese tipo de paz. Existen lugares que nos dejan con la mirada fija y los sentidos agudizados, al punto de borrar las palabras de nuestros labios, porque el más simple sonido podría entorpecer o hasta dañar tan innegable perfección.

Ya en otra ocasión toqué el tema del exceso de palabras empleadas para explicar la arquitectura (la cual debería ser capaz de explicarse sola), pero esto va incluso más allá. Se trata de edificaciones especiales, con un don particular que no todas tienen; capaces de producir en nosotros una sensación similar a la felicidad plena a través del arte de la sugerencia.

En ellas, el silencio es el protagonista, e interactúa con nuestra percepción e imaginación de forma activa creando innumerables posibilidades de experiencias sensoriales. De esta forma, el edificio adquiere múltiples significados, en la medida que cada visitante o habitante decide interactuar y conectarse con él.

Se trata de una arquitectura que sugiere en lugar de imponer, eliminando todo lenguaje explícito y convirtiendo el arte de la evocación en una pieza fundamental de su esencia.

Foucault decía en su “pensamiento del afuera”,  que “por intermedio de la aniquilación del lenguaje se llega de cierto modo a la manifestación de lo indeterminado”. Y es quizás lo indeterminado, aquello que somos incapaces de definir con palabras, lo que lleva a un edificio a alcanzar un nivel superior en la escala de grandeza.

.

No creo que exista una fórmula para la creación de tales obras de arte; pero si analizamos los ejemplos que de esta arquitectura del silencio han producido grandes maestros de la arquitectura como Louis Kahn,

Le Corbusier

Tadao Ando

es posible identificar ciertos elementos en común. Ellos lograron conseguir esa ecuación perfecta. Ellos lograron producir lo que para mí es la esencia de este tipo de edificaciones:

La combinación perfecta de ubicación, proporción y alma