Hoy es uno de esos días en los que no tengo control sobre mis pensamientos; ellos sólo saltan de un lugar a otro, de un recuerdo a otro, sin conexión o sentido alguno.

Mi naturaleza analítica, entonces juega a buscarle explicación a estos saltos en el tiempo, a descubrir la razón por la que estos recuerdos son activados, y después de incansables intentos por descifrar mi pequeño misterio del día, la única relación que logro encontrar entre ellos además de los personajes, es lo eterno, lo vigente, lo atemporal

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Cada vez que me detengo a pensar en el edificio ideal, ese que, no importa lo que pase, siempre va a ser perfecto para todas y cada una de las personas que tengan la suerte de admirarlo, lo primero que viene a mi mente es justamente esa palabra: atemporalidad.

Esa condición eterna que hace que, sin importar la época del año, la hora del día o el momento en la historia, siempre, sin ninguna duda, encaje en el entorno y más aún, lo haga mejor y más hermoso por el simple hecho de estar allí.

Nuestras ciudades están llenas de ejemplos de que ese edificio ideal existe; ese sin tiempos, sin apuros, ni aires de grandeza; pero nuestras miradas han empezado a desviarse hacia aquellas construcciones que le informan al mundo exactamente en qué momento, hora, minuto y segundo fueron creadas.

Día tras día, somos más los arquitectos tratando de darnos a conocer en este negocio, y desde mi punto de vista, en muchos casos, en esa búsqueda por resaltar, por la simple necesidad de destacarse, se ha perdido la esencia de nuestra profesión.

Somos creadores de realidades, soñamos despiertos con mejores ciudades y dibujamos ese sueño para darle vida hasta convertirlo en la imagen perfecta… pienso que ese es el ideal de todo arquitecto… o quizás sólo sea el mío.

La vida nos sorprende día tras día con elementos nuevos; elementos buenos y elementos malos, pero todas y cada una de esas sorpresas, nos brindan una oportunidad de ser mejores.

Debemos aprovechar esas oportunidades para mostrarle al mundo nuestra mejor cara; no una cara que refleja desesperación o angustia, sino una cara que, en un susurro, le dice al mundo:

Este es mi sueño y estoy aquí para hacerlo realidad…