Esta historia comienza con un viaje; un viaje mental de esos que me encantan, de los que me atrapan y no me dejan salir. Un viaje en el tiempo activado por recuerdos que me transportan al pasado, permitiéndome revivir toda una vida en cámara rápida. Un cuadro específico de mi película mental me hace bajar la velocidad. Me detengo entonces y observo en la pantalla de mi cabeza un momento de miedo en el que una frase que anhelaba escuchar, por culpa de ese mismo miedo, terminó convirtiéndose en el primer ladrillo de una gran muralla.

Me disperso y, en ese momento, como siempre me pasa, esa palabra, muralla, me hace viajar aún más atrás en el tiempo. Empiezo a recordar las ciudades amuralladas de otras épocas, esas que protegían a sus ciudadanos de todo lo externo, lo desconocido, lo maligno.

Ciudades como Ávila en España,

Tallin en Estonia,

Pingyao en China,

Carcassonne en Francia;

ciudades exitosas en su momento, pero en definitiva atrapadas en su interior y llenas de limitaciones.

Luego pienso en cómo esas murallas se han ido disolviendo con el tiempo, y se me ocurre que quizás no es eso lo que realmente ha sucedido; quizás no se han ido disolviendo, quizás han ido mutando hasta convertirse en barreras invisibles, murallas construidas con verbos, con palabras llenas de espinas que a veces alejan más que las mismas pesadas e imponentes paredes. Países enteros han preferido aislarse del resto por el simple hecho de no lograr ver más allá de algunas duras palabras.

Construimos murallas para aislarnos del mundo, porque no queremos enfrentar nuestra realidad; actuamos en función del miedo; nos aterra sentirnos vulnerables, sin control de la situación, y nos encerramos para escapar.

.

Finalmente, vuelvo a mi realidad, y me sorprendo al encontrar tantas propuestas futuristas que no son otra cosa sino una versión más actual de la misma muralla construida con pesadas piedras. Una muralla que en lugar de aislarnos de los enemigos o piratas, nos aísla de las inclemencias del clima. Cúpulas transparentes cuya única función es evitar la realidad. Pero de nada sirve evitarla; ella sigue allí, esperando por nosotros.

La crisis ambiental no va a desaparecer sola, y una cúpula quizás podría evitarnos temporalmente las consecuencias negativas de tantos años de desgaste y mal uso. Quizás sea una solución si seguimos el camino más fácil, pero eso no significa que debemos olvidar la raíz del problema, porque entonces estaríamos actuando como cobardes.

Y así como en la historia que detonó esta reflexión, el miedo únicamente sirve para evitar que enfrentemos nuevos retos, nuevos logros, nuevas emociones.

Sólo enfrentando a nuestros mayores miedos, lograremos convertirnos en mejores personas, mejores habitantes para nuestro planeta, mejores seres humanos.

Sólo abrazando nuestras emociones y aceptando las de quienes se nos acercan, lograremos ser felices…