Por alguna extraña razón, hoy, en mi búsqueda de inspiración, sólo logro pensar en una cosa: vacío… grande, profundo, intenso vacío.

No sé si es por el largo tiempo que ha pasado desde que escribí mi último ensayo, o por la sensación con la que quedamos luego de las festividades, pero el vacío es lo único en mi mente ahora. Y la sensación es tan fuerte que invade mi cuerpo. No logro mantenerme sentada. Siento que levito entre mis libros y recuerdos. Me falta el aire… no puedo respirar.

Entonces, decido dar un paseo; salir a la calle y sentir el vacío en mitad de la ciudad y experimentar la sensación que produce la construcción arquitectónica de la nada.

Un concepto aparece en mi memoria. Voy en búsqueda de ese no lugar del que hablaba Marc Augé. Recuerdo que él, al definirlo, se refería a las autopistas, habitaciones de hotel, aeropuertos y supermercados, pero para mí, hoy especialmente, el concepto va más allá. Va mucho más allá de un lugar físico “de transitoriedad que no tiene suficiente importancia para ser considerado como lugar” (Wikipedia). Pienso que el no lugar lo llevamos dentro de cada uno de nosotros; que así como todos tenemos un eterno deseo de encontrar ese lugar al cual llamar hogar, también tenemos un deseo, uno quizás más pequeño, uno que preferimos ignorar y ocultar, que nos hace querer seguir siendo nómadas, seres sin ataduras ni restricciones. 

Es algo similar a lo que define el concepto del yin y yang, que representa la dualidad de todo lo existente en el universo. Este símbolo siempre ha atrapado mi atención: “En todo lo bueno siempre hay algo malo y en todo lo malo siempre hay algo bueno”. Hoy se me ocurre que no hay concepto más completo y más amplio a la vez… Creo que podemos aplicarlo a todo en la vida.

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Dejo de divagar por un momento, y me hago consciente del lugar en el que me encuentro. En mi recorrido por las calles, intento percibir las vibraciones de los espacios; de los llenos y los vacíos. Vibro intensamente en las calles estrechas y siento mi energía fluir libremente en las plazas y parques. Mi recorrido se convierte en un conjunto de emociones negras y blancas, y me doy cuenta de la importancia de los contrastes en la ciudad; de lo valioso de los vacíos, porque sin ellos, viviríamos aturdidos, en ausencia eterna de un escape, de un lugar (o no lugar) en el cual convertirnos en nómadas por un rato. Empiezo a divagar de nuevo.

Recuerdo mis años en la Universidad y los proyectos de urbanismo saltan en mi memoria. Me doy cuenta de que, cada vez que iniciaba algún proyecto de corte urbano, empezaba por crear un plano de llenos y vacíos (figura-fondo). Sólo así, a través de esas manchas blancas y negras danzando en perfecta armonía, lograba empezar a darle vida al proyecto.

Hoy pienso en lo importante de esos planos nolli que realizaba mientras vivía la vida en piloto automático. Ellos eran el reflejo de la necesidad imperiosa de darle un respiro a la ciudad. Era la manera ideal para, en dos dimensiones detectar cuándo o dónde la ciudad necesitaba del vacío, y cómo era posible conectar los vacíos convirtiéndolos en redes blancas.

En su libro “Arquitectura del vacío”, Melvin Villarroel habla sobre la estructuración del vacío como continuum. Él deseaba que su arquitectura apareciera como resultado de la relación entre los volúmenes construidos y el tan necesario vacío que debía existir entre ellos. Era una forma de lograr que el cemento no predominara sobre la naturaleza que lo rodeaba.

Una vez leí, que “la arquitectura es la intermediaria entre la nada y el todo”. Esta frase se aferró fuertemente a mis neuronas y se ha resistido al tiempo y al olvido. Hoy, aparece en medio de mi vacío para darle un vuelco a mis pensamientos.

El todo siempre parte de la nada, del vacío. Nosotros como arquitectos, tomamos un espacio en blanco y lentamente lo cubrimos con pinceladas negras hasta descubrir un espacio balanceado; y es nuestro deber saber cuándo parar, cuándo logramos obtener la cantidad justa de lleno y de vacío.

El universo está lleno de contrastes, y son estos contrastes los que dan balance a nuestras vidas. Nosotros, arquitectos, creadores de la realidad física habitable, tenemos la gran responsabilidad de encontrar ese balance; ese yin y yang arquitectónico en el cual lo lleno y lo vacío sean capaces de coexistir en armonía.

“Treinta rayos convergen hacia el centro de una rueda, pero es el vacío del centro el que hace útil a la rueda. Con arcilla se moldea un recipiente, pero es precisamente el espacio que no contiene arcilla el que utilizamos como recipiente. Abrimos puertas y ventanas en una casa, pero es por sus espacios vacíos que podemos utilizarla. Así, de la existencia provienen las cosas y de la no existencia su utilidad.” — Lao Tse