“La evolución es el movimiento infinito de cuanto existe, la transformación incesante del universo y de todas sus partes desde los orígenes eternos y durante el infinito del tiempo.” Elisee Reclus.

Como arquitecto, es para mí casi imposible, leer una frase tan hermosa como ésta y no intentar encontrar sus posibles aplicaciones a la arquitectura. En mi intento, recorro sus líneas, las desmiembro, analizo cada palabra independientemente, en especial aquellas que saltan a la vista, brillando sobre sus compañeras y hermanas. Así, leo: evolución; y continúo: movimiento; sigo buscando: infinito, transformación, eternos, tiempo. Estas palabras resaltan entre el resto, embellecen las líneas y les dan grandeza.

Entonces, mi cabeza empieza a volar. Sueño con comparaciones. En mi mente, recorro ciudades enteras en busca de respuestas. Hasta que, finalmente, llega… Todo evoluciona, la arquitectura evoluciona, el arte evoluciona, la vestimenta evoluciona, ¡la moda evoluciona! Ahí está mi respuesta.

(Nota al margen: la palabra moda siempre me hace dudar antes de plasmarla por escrito. En este ensayo, he decidido despojarme de mis dudas y utilizarla en varias ocasiones)

Empiezo por hacerme una imagen mental del mundo y su historia; una especie de infografía sobre la evolución de la sociedad humana. A través de ella, me doy cuenta de las similitudes entre el hombre y sus construcciones; es decir, entre el hombre y la arquitectura. Es algo así como la historia de que el perro se parece a su dueño, pero aplicado a la arquitectura.

Decido emprender un viaje a través del tiempo, para comprobar mi teoría. Me sorprendo al descubrir, en todas y cada una de las sociedades, desde los egipcios y sus Pirámides, los griegos y el Ágora, los romanos y los Acueductos, hasta nuestros hombres y sus edificios, similitudes bastante evidentes. Comparo entonces, las dos cosas que primero aparecen en mi memoria: las edificaciones y la vestimenta humana. Empiezo por los egipcios, quienes vestían ropajes con diseños muy lineales, y de igual forma construían; nada más lineal que una Pirámide.

Luego los griegos, ellos utilizaban vestimentas holgadas y poéticas, poéticas como sus edificaciones.

En los romanos empieza a haber más dureza, tanto en su ropa como en sus construcciones. Y así podría continuar eternamente.

En cambio, prefiero saltar miles de años hacia adelante y moverme hasta nuestros días. Analizo ahora a la sociedad actual. Camino por sus calles, entro a sus edificios, hablo con su gente. Es ahí cuando me doy cuenta de que, para nada me sorprende, el hecho de encontrarme con una vasta cantidad de “edificios ruidosos”, que desentonan en nuestras ciudades; edificios que gritan en lugar de susurrar, que golpean en lugar de acariciar.

Esto es simplemente el reflejo de lo que nos está ocurriendo a todos. Es una especie de mecanismo de defensa ante nuestra realidad. Día a día, el mundo se torna más complicado y estresante. Hemos entrado en un período en el tiempo, en el cual el individualismo nos controla. Ya no queremos escuchar al otro, mucho menos entenderlo o apoyarlo. Nos estamos encerrando en nosotros mismos, al punto de confinarnos en islas en una búsqueda eterna de ese lugar en el cual podamos desconectarnos del caos.

Me detengo entonces, en mi pequeña isla, para ir en búsqueda de las posibles comparaciones entre la vestimenta y la arquitectura en nuestra caótica época. Una fuerte imagen me viene a la mente (o dos). No puedo dejar de pensar en el Guggenheim de Bilbao y Lady Gaga. ¿Qué mejor comparación que esa? Ambos son el reflejo del individualismo y del caos en el que estamos sumergidos. Ambos son protagonistas de su propia historia y no buscan cómplices; no los necesitan. Ellos en sí mismos son una historia cargada de protagonistas y sub-historias.

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Esta pequeña revelación, me hace entender que el individualismo nos ha hecho superficiales, y esta superficialidad la reflejamos a través de la importancia que le damos a lo externo, al cascarón, a la imagen. De ahí la gran cantidad de construcciones en donde lo más importante, lo que salta a la vista (a menudo incluso salta sobre nosotros), es la fachada, en ocasiones dejando a un lado el programa, que es la vida de una edificación. En este caso, da igual hablar de la ropa o de los edificios. Ocurre lo mismo con ambos. La mayoría de las veces, no vemos mucho más allá de la imagen, de la fachada, del ropaje, quizás porque no nos esforzamos por adentrarnos en las profundidades, pero en muchos casos, es por el simple hecho de que, en ese cascarón, hay demasiados elementos que atrapan nuestra atención y nos mantienen allí, atrapados eternamente.

Sigo en mi búsqueda, y viene a mi mente otra posible comparación, también actual, pero muy diferente: la corriente minimalista, que ya ha invadido todos los géneros artísticos, no sólo la alta costura y la arquitectura. Aquí, en contraste a lo que vemos en la comparación anterior, nos encontramos con una corriente que busca ir en contra del caos. Una corriente que se concentra en el uso de pocos elementos, guiándose por el precepto Miesiano: “menos es más“. Aquí la meta es clara: Simplificar para sobrevivir.

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Es entonces, cuando me doy cuenta de lo evidente; al analizar estas comparaciones, entiendo que el hombre solamente está tratando de adaptarse. La moda, en este caso a través de la ropa y de nuestros edificios, está contándonos la historia de lo que está sucediendo en el mundo. Estamos en una búsqueda infinita de respuestas a las innumerables preguntas que continúa enviando el universo y, en el camino, improvisamos de la mejor manera posible.

Y allí, en mi propia búsqueda del tesoro al final del arcoíris, me encuentro con otra frase; y una vez más, consigo respuestas:

“Hemos llegado al punto de la historia biológica donde somos ya responsables de nuestra propia evolución. Nos hemos convertido en auto-evolucionadores. La evolución significa seleccionar y, por tanto, escoger y decidir, y eso significa valorar.” Abraham Maslow.

Nuestro legado, ahora, debe ser más grande; debemos dejar, a las generaciones venideras, un regalo inigualable; una muestra de nuestra capacidad de auto-evolución.

Entonces pienso: es momento de seleccionar, escoger y decidir, para así, valorar.

Como arquitectos, debemos pensar antes de actuar y no ser un simple reflejo de lo que la humanidad vive y siente. Al momento de proyectar, depuremos nuestras ideas antes de plasmarlas en papel. Pensemos en sensaciones y emociones, no sólo en imágenes. No permitamos que el caos nos paralice; no nos detengamos; no nos ocultemos en nuestras vacías islas. En fin, para resumirlo en una frase:

Continuemos en movimiento infinito y durante el infinito del tiempo.

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