Los primeros días del mes de Julio del año 2.001, dos meses después de haberme graduado de Arquitecto y dos meses antes del atentado terrorista del 9/11 fui, por primera vez, a Nueva York.

No estoy segura de que sea el mejor lugar del mundo para vacacionar, pero sí puedo decir que fue el mejor viaje que he hecho en mi vida. Un viaje lleno de sorpresas y descubrimientos sorprendentes, de emociones desbordantes y, por sobre todas las cosas, un viaje lleno de libertad.

Recuerdo caminar por estrechas y oscuras calles y encontrarme, al cruzar en una esquina, con un rincón secreto, un pequeño oasis verde y húmedo en el que podía tomar un café y desconectarme de todo, incluso del cálido clima.

Luego pararme, seguir caminando, y encontrarme de frente con el edificio Seagram de Mies van der Rohe. ¡Sorpresa!

Cuando decidí hacer este viaje, lo único que tenía claro, era que no quería hacer el típico viaje turístico que suelen hacer las personas que visitan Nueva York. No quería subirme al segundo piso de los muy rojos autobuses gray line,

no quería treparme en la estatua de la libertad,

o asomarme por los visores del Empire State,

pero, por alguna extraña razón, sí quería subir a la terraza de las torres gemelas. Por eso mi gran asombro cuando, dos meses después, los vi caer por televisión… pero esa es otra historia. Recuerdo la emoción que sentía mientras me acercaba a ellos por una estrecha calle y los veía aparecer en el cielo como por arte de magia; la sensación de estar en la cima del mundo mientras mis ojos recorrían el reticular paisaje urbano… Una emoción tras otra.

Ese viaje a Nueva York marcó mi vida y cambió mi forma de interactuar con el mundo. Me hizo entender lo hermoso de los contrastes y las diferencias. Allí, lo antiguo se encuentra con lo moderno en la más musical y armoniosa forma.

Recuerdo la gente, mucha, muchísima gente; ríos de gente que te absorbían y te volvían parte de ellos, haciéndote fluir por su cauce. Recuerdo haberme dejado llevar en más de una ocasión; llegar a confiar en un grupo de personas a quienes no conocía, ni sabía hacia dónde se dirigían, era una sensación increíble.

Es eso lo que más recuerdo de esta ciudad, y lo que me hace querer volver a visitarla: la libertad que sentía al caminar por sus calles. Me sentía invisible, intocable, como si pudiera hacer cualquier cosa y a nadie le habría importado.

Sé que esas son las cosas que le critican a esta ciudad; lo impersonal, lo sobrepoblada, pero, en ese momento de mi vida, eso era exactamente lo que necesitaba: ríos de gente a los que no les importara para nada si yo estaba allí o no. Poder salir a la calle y recorrer la ciudad en pijamas sin que nadie volteara a verme, como si eso fuese perfectamente normal (para aquellos que se lo están preguntando: sí! sí salí a la calle en pijamas, ese era mi atuendo favorito para recorrer la ciudad).

¡Quiero volver! Vivir de nuevo esta experiencia de libertad absoluta y volverme uno con sus habitantes aunque sea por un par de días…