Cada arquitecto tiene una línea de diseño particular, una forma específica de transmitirle al mundo su estilo arquitectónico, pero cuando de explicar alguno de nuestros proyectos se trata, todos parecemos seguir los mismos patrones de lenguaje.

Las metáforas suelen ser nuestras más fuertes aliadas. Empleamos un lenguaje intelectualizado, que va más allá del significado real de las palabras. Cada una de las frases que utilizamos para describir un proyecto, tienen un valor abstracto que combina emociones y simbolismos con la verdadera connotación de las palabras.

Hemos decidido, aún sin darnos cuenta, establecer algunas frases predeterminadas, y recitarlas en cada intento por explicar nuestros proyectos.  Son estas frases las que utilizamos como referentes al momento de describirle a alguien alguno de los edificios que hemos diseñado. “Fluidez del espacio”, “movimiento en las fachadas”… Son sólo un grupo de palabras bien ensambladas que pueden significar una infinidad de cosas. Es por eso que dos edificios que se ven completamente diferentes entre sí, pueden ser descritos de la misma forma.

Mucho se ha hablado sobre el hecho de que el lenguaje en la arquitectura es algo inherente al objeto, y qué más claro esa afirmación. La interpretación de una edificación debe poder hacerse a través de lo que se ve representado en ella, en su imagen. Un edificio, debería ser capaz de describirse a sí mismo. No debería escudarse tras un montón de palabras bien agrupadas y hermosamente expresadas, para decirle al mundo quién es.

No debe decir explícitamente:

soy una fábrica de cestas

pero sí debe ser capaz de transmitir su esencia:

soy una torre de oficinas

soy un instalación deportiva

soy una torre de estacionamientos

y no decir:

puedo ser cualquier tipo de edificio

En un edificio bien diseñado, el resto de las palabras se vuelven innecesarias al momento en el que las personas realizan un recorrido por su interior y son capaces de percibir las emociones que el arquitecto le imprime a sus espacios.

Una de las cosas que más recuerdo de mis años en la Universidad, es la continua insistencia de mis profesores en el hecho de que debía simplificar mis proyectos… “eliminar las partes innecesarias”.

Si ya los arquitectos tenemos este entrenamiento (producto del modernismo), que nos implora simplificar y resumir, entonces deberíamos ser capaces de escoger dos o tres palabras que describan el proyecto, en lugar de construir elaborados y complicados discursos sobre todos y cada uno de los espacios de la edificación.

La arquitectura en sí es un lenguaje, no hay necesidad de inventar un idioma paralelo para explicar el lenguaje de la arquitectura, porque entonces estaríamos siendo redundantes.

Cada edificación debe tener un alma; una que le sea otorgada en el mismo momento en el que el arquitecto se dispone a empezar el proceso de diseño. Esa alma vive, late, respira y es (o debe ser) capaz de transmitirle al mundo lo que el edificio es.