Cuando recorremos la ciudad con ojos de arquitecto, presenciamos una especie de ritual de amor y odio entre nuestros edificios. Muchas veces y, específicamente en las ciudades Venezolanas, es un ritual más de odio que de amor.  Entre dos edificios que se encuentran uno al lado del otro (o entre los arquitectos tras los edificios), vemos tantas discordancias como en la más discordante de las parejas.  Es una suerte de baile en el que cada uno danza a un son diferente.  No hay armonía entre ellos… no hay amor.

En nuestras ciudades, todos quieren resaltar, impactar más que el que más impacta. No se trata de eso. La arquitectura es mucho más. Es algo más profundo y complejo que simplemente ser el más grande, o el más imponente, o el más raro. No se trata de protagonismos, ni de notas discordantes; no hay necesitad de gritos en mitad del recorrido. Se trata de unidad, de formar parte de un conjunto; de construir un acorde que complemente nuestros pequeños mundos cotidianos, sin que eso implique perder nuestra identidad propia como arquitectos.

Cuando se hace ciudad, hay que hacer amor…

Las ciudades necesitan más edificios en armonía, que nos hagan recorrerlas sin frenazos, que nos lleven a través de calles en las que todo fluye delicada y suavemente. Esto no significa que no deben haber edificios emblemáticos; por supuesto que deben haberlos, pero no todos pueden cumplir esa misión.

Cada edificio debe ser creado como se crean las notas de una melodía; cada una de ellas es una pieza importante dentro de un todo, y si se escucha por sí sola, es hermosa, pero nunca tan hermosa como cuando se escucha acompañada de sus parejas melódicas. Estas notas danzantes, edificios enamorados, son los que hacen agradable nuestro día a día, son los que dejan una sensación de frescura en nuestras vidas.El arquitecto debe, al pararse frente a un terreno baldío, mirarlo como se mira al futuro, como se mira al destino… pensar en grande, pero siempre en positivo. Debe descubrir las fortalezas y debilidades de los que van a acompañar a su creación y pensar en cómo reforzar las primeras y disimular las segundas. El edificio que allí se erija debe abrazar a su pareja pero sin pretender opacarla; esto lo hará más grande, y por ende a su creador.

Necesitamos más edificios enamorados… más parejas concordantes… más ciudades fluidas…

Publicado en la revista venezolana entre rayas No. 82. Año 2.010