Hace poco estuve leyendo un par de artículos sobre el espacio público y, como siempre me pasa con este tema, me invadió un halo de inspiración, que me retó a escribir de nuevo.          

Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en el espacio público es: qué lo define?, pregunta inmediatamente seguida por otra: hace falta definirlo?. Y mi respuesta a esta última es:           

Lo más hermoso del espacio público es que no puede ser definido, ni contenido, ni limitado. Es como el agua en nuestras manos; fluye libremente colándose entre los dedos y escapándose en búsqueda de nuevos lugares a los que aportar su brillo.           

Es libre e independiente, a diferencia de sus compañeros los edificios, quienes están contenidos dentro de un lote o parcela, definidos por sus vecinos y limitados a existir por siempre vestidos con el mismo traje.          

El espacio público es capaz de cambiar, de mutar, de adaptarse a las nuevas realidades que lo rodean. Adopta nuevas personalidades con el paso del tiempo, siempre pensando en cómo hacer para existir eternamente.        

Una vez escuché en una de esas películas que, por alguna razón, nunca olvidamos, a uno de los personajes que, casualmente, era arquitecto y que, causalmente, me hizo querer ser arquitecto, decir una frase que nunca olvidé: Él dictaba una clase a un grupo de estudiantes de arquitectura; les mostraba a sus alumnos un ladrillo y les preguntaba: “qué es esto?”. Después de escuchar varias respuestas, algunas muy básicas y otras un poco más creativas, les respondía: “es un ladrillo que quiere ser algo…” Seguido por un grupo de imágenes de proyectos arquitectónicos emblemáticos.         

es un ladrillo que quiere ser algo…” Esa frase me ha acompañado desde entonces siempre recordándome que hay algo especial, una especie de energía que se forma cuando nos disponemos a crear, a realizar una propuesta de diseño, un no sé qué que nos acompaña paso a paso durante el proceso creativo… y no, no estoy hablando de nada místico ni sobrenatural… es simplemente una parte más del oficio de arquitectos que, al menos en mi caso, está siempre presente, y que me ayuda a creer que lo que hago es realmente especial, aún sin importar el resultado.          

Es en esta frase en la que pienso cuando me refiero al espacio público. Me lo imagino como ese ladrillo queriendo ser algo. Lo veo como un personaje más dentro de la ciudad; un sujeto simpático, siempre alegre, una especie de superhéroe capaz de estirar sus extremidades en búsqueda de sus iguales con la intención de tomarlos de la mano y formar una gran red de personajes felices.       

Sueño con una ciudad llena de superhéroes elásticos exhalando vida y manteniendo nuestras calles y plazas cargadas de energía de la cual todos nosotros extraemos una minúscula parte para continuar nuestro camino.         

Creo que, si arquitectos y urbanistas tenemos eso en mente al hacer ciudad y, al diseñar una plaza pensamos no sólo en el espacio vacío contenido entre espacios llenos, sino en todas y cada una de las ramificaciones de ese espacio vacío, en todos los suspiros que se escapan de él, la red comenzaría a tejerse de forma armónica, y no de manera casual como sucede en la mayoría de los casos.     

Convirtámonos en tejedores de ciudad, creemos armonía en los vacíos para que los llenos se carguen de su energía…

Post invitado en el blog got ark? http://gotarkitecture.wordpress.com/

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