Desde hace ya unos cuantos años, pareciera que todo potencial cliente con el que un arquitecto se reune, quiere hacer un “proyecto minimalista”.

La “moda” (si es que aplica esa palabra en este contexto) del minimalismo ha invadido nuestras vidas a un punto tal, que las ha hecho desiertas.       

Los arquitectos, dejándonos llevar por los clientes, hemos caído en el uso exagerado de los típicos elementos del minimalismo (o falta de ellos), y hemos convertido la arquitectura en un juego de quien realiza el proyecto con menos elementos. Y nótese que no me refiero al tan conocido precepto Miesiano de “menos es más“, me refiero a esta obsesión por convertir la arquitectura en simples cajas vacías.

Ese “gran vacío” puede llegar a ser abrumador y hasta deprimente. Y donde esto se hace más evidente es en las viviendas. El habitante debe preceder a la arquitectura; así, esta última debe ir en concordancia con las necesidades y no solo los aparentes deseos de quienes vivirán su experiencia en ese lugar día tras día. El arquitecto debe jugar al psicólogo y entrar en la mente del cliente para entenderlo y descubrir qué es lo que realmente necesita, no solo limitarse a reproducir en un plano las palabras de este.      

El minimalismo, debería simplificar la vida, no complicarla, ya que éste surge como una necesidad ante una época de velocidad y excesos. El habitante de una casa minimalista debe preocuparse porque todo este impecable y “perfecto“, dejar cada cosa en un lugar y posición precisa, porque los elementos de la vida cotidiana no encajan en ese entorno de pulcritud. Y el cliente, la mayoría de las veces,  no está consciente de que esto va a ser así; y, a veces, aún estándolo, no está preparado para lo que esto implica. De ahí el hecho de que el arquitecto sea más que un simple traductor

Otra de las áreas en las que esta tendencia afecta directamente, es en la definición del estilo o “línea de trabajo” de los arquitectos. Muchos profesionales, con la intención de ser comerciales, empiezan a repetirse a sí mismos, llegando al punto extremo en el que todos los edificios parecen el mismo.

Y el minimalismo puede llevarnos a esto en cierta medida. No solo tenemos arquitectos que se repiten a sí mismos… tenemos ciudades plagadas del mismo edificio… con los mismos elementos, todos y cada uno de ellos llenos del mismo vacío

Es así como, el paisaje urbano-arquitectónico puede llegar a percibirse como algo completamente monótono, sin ningún elemento sorpresa, es así como, el recorrer cualquier calle del mundo puede llegar a producirnos la misma experiencia. Si esto ocurre, ese vacío ya tan mencionado invadirá no solo nuestras vidas, sino también nuestro entorno y nuestra capacidad de asombro, eliminando cualquier tipo de experiencia sensorial que pudiera producir el contacto con la arquitectura.

Versión en inglés publicada en el blog de @Arch_Alternativ http://bit.ly/dsvIQR

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