la casa ideal

Muchos de nosotros, humanos, mortales, vivimos nuestras vidas con una eterna fantasía en mente. Sí, es cierto, la vida es más bonita en nuestros sueños, pero ¿de qué nos sirve soñar con el lugar o la vida perfecta si no somos capaces de disfrutar la vida que tenemos?

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Lo mismo nos ocurre a los arquitectos con el diseño. Nos esforzamos, intentamos una y otra vez, siempre luchando por crear ese espacio ideal en el que todo funciona en perfecta armonía, pero basta que introduzcamos al factor humano en la ecuación para que empiecen a aparecer las fallas.

Los arquitectos nos dedicamos a soñar con diseñar el lugar perfecto, el espacio perfecto, la casa perfecta. Pero los seres humanos somos seres imperfectos. Entonces, ¿no sería más lógico empezar por asumir esas imperfecciones, esa realidad, y diseñar en función de ella?

Analicemos lo que ocurre con el minimalismo en el campo de los proyectos residenciales: depuramos, vaciamos los espacios en búsqueda de la limpieza espacial, que no es más que esa búsqueda de perfección. Imaginemos una casa minimalista: vacía, ordenada, impecable… ¡perfecta! Ahora incluyamos en nuestra casa imaginaria a un ser humano; uno que, como todos, come, duerme, se baña, ensucia… ya no es tan perfecta la casa, ¿cierto?

Ahora realicemos el proceso inverso: Imaginemos a un ser humano que come, duerme, se baña, ensucia… Sigamos sus pasos mientras realiza todas sus actividades cotidianas. Acompañémoslo durante su día a día. Analicemos sus costumbres, sus hábitos. Descubramos sus imperfecciones…

Pensemos entonces en cómo disminuir esas imperfecciones, o mejor aún, cómo hacer que sus imperfecciones sean un poco menos evidentes, más vivibles; pensemos en cómo hacerlo sentir al menos un poco menos imperfecto.

¡Esa es la casa ideal¡ Una casa que se adapta a sus habitantes como si fuese un guante; una capaz de moldearse, de adaptarse en función de las necesidades que quienes la viven día tras día. Una que les permita no tener que pensar, con cada paso que dé, en sus defectos y en cómo corregirlos; una que les permita simplemente relajarse y ser. Quizás para muchos, no sea la casa perfecta, pero definitivamente, para quienes hacen de ella su refugio, esa es la casa ideal.

mi pasión por la arquitectura

Siempre que me preguntan por qué me gusta tanto mi carrera, o qué es lo que me hace amarla tanto, mi mente me transporta a un lugar lleno de palabras en el que siempre, inevitablemente, una de ellas resalta entre el resto. Una palabra que me define tanto, que incluso la tengo tatuada detrás de mi oreja y forma parte de mi biografía: daydreamer.  

Esa palabra dice mucho de quién soy y cómo vivo la vida; y lo que me encanta de mi carrera, es que me da una excusa para hacer eso que tanto me gusta y además, mientras lo hago, ir desarrollando casi sin darme cuenta, una carrera lucrativa.

Diseñar, para mí, es un proceso que empieza justo así: daydreaming… Es un proceso que empieza justo en ese lugar misterioso en el que esa palabra aparece en mi mente…

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La primera reunión con un cliente siempre es una gran experiencia, porque mientras él/ella habla, y me transmite sus necesidades, deseos y sueños, mi mente toma vida propia y se embarca en un viaje a través de esas necesidades, deseos y sueños, volviéndolos reales, dándoles forma hasta convertirlos en algo tangible; al menos tangible en mi mente…

Lo que ocurre a partir de ese momento, es un reto (reto es otra de las palabras que me define enormemente).

Desde ese instante en el que los sueños del cliente se funden con los míos, el transformar en algo real esas necesidades, deseos y sueños, se convierte en mi reto y mi realidad: Hacer de lo intangible algo tangible, palpable, vivible. Tomar mi paleta de pintor y lograr que mi mano se convierta en una extensión de mis ilusiones.

Y que cuando finalmente logre materializar lo etéreo, nuevas necesidades, deseos y sueños empiecen a aparecer y la historia a contar empiece a ser otra…

arquitectura, una ecuación de muchas variables

La arquitectura, al igual que la vida, es una ecuación con muchas variables y, como es lógico, el resultado cambia en función de cuáles variables sean incluidas. Por eso, en el caso de la arquitectura, si pensamos únicamente en el diseño, estamos concentrándonos exclusivamente en una de muchas variables.

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Recientemente, trabajé en un proyecto del área industrial y, como era de esperarse, después de pasar tanto tiempo dedicándome a proyectos residenciales y comerciales, tuve que tomarme unos minutos para cambiar la frecuencia.

Y fue justamente ese proceso de cambio lo que me hizo pensar en lo importante que es el dedicarle tiempo a la definición de las variables a ser incluidas antes de embarcarnos en un nuevo proyecto.

Obviamente todo es más sencillo cuando nos dedicamos a un área de diseño en específico, pero en épocas de crisis como la que estamos enfrentando, no siempre podemos decirle que no a un proyecto que se sale de nuestra área de mayor experiencia. En mi caso, ya había trabajado antes con proyectos de tipo industrial, pero no puedo decir que son mi especialidad.

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Siempre que vamos de un área de diseño a otra, hay variables que nos juegan malas pasadas; en el caso del paso del área residencial a la industrial, la escala suele ser de las más engañosas. Es muy sencillo perdernos en un juego de espacios enormes si no empleamos las herramientas necesarias para entender lo que hacemos.

De allí la importancia de hacer una pausa para adaptar nuestra predeterminada mente a un nuevo grupo de variables y no dejarnos llevar por el impulso que suele arrastrarnos *para usar una vieja expresión* a la mesa de dibujo.

Aprovechar el impulso es importante, pero aún más importante, es empezar los procesos de la forma correcta, para evitar así, desvíos en el camino…

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* Esta es sólo por diversión*

personas especiales con necesidades especiales

Diseñar para las minorías puede ser una labor extremadamente retadora y a la vez muy inspiradora. Minusválidos, niños, ancianos, disléxicos, obesos, zurdos; personas diferentes con necesidades especiales a las que muchas veces no se les da la importancia necesaria.

Recientemente conseguí este video a través de uno de mis contactos en Google+

Lo que más me llamó la atención de este innovador diseño es que, aún cuando pareciera haber considerado a cada una de estas personas diferentes con necesidades particulares, lo expresa de una forma muy sutil.

La mayoría de las veces, los diseños para este tipo de personas tienden a ser orientados específicamente hacia ellos, por lo que suelen ser excluyentes. Son diseños que, si bien les hacen sentir a este tipo de personas que hay alguien pensando en ellos y sus necesidades, parece ser alguien que piensa que debe haber una diferenciación entre ellos y el resto de las personas. Este diseño en particular rompe completamente con esto. Es un diseño con la misión de unificar, de agrupar, difuminar.

Si bien una persona con necesidades particulares puede sentirse perfectamente cómoda en uno de estos pupitres, no va a sentirse diferente o excluida del resto. Lo que, ante mis ojos, hace a esta hermosa y práctica pieza de diseño, algo realmente especial, además de un tema a ser considerado por nosotros los arquitectos quienes solemos concentrarnos tanto en los espacios que a veces nos olvidamos de las personas…

haz una pausa y respira…

Cuando somos estudiantes, cada día es un reto, cada experiencia una provocación. Cada nueva materia que debemos cursar se convierte en una nueva angustia, un nuevo plazo de entrega, un nuevo trasnocho.

Vivimos los minutos a la velocidad de la luz y los segundos parecen interminables…

Lo que en esa época a veces no somos capaces de entender es que, justo allí, en ese período de tiempo que creemos angustiante, tenemos la oportunidad de absorber una inigualable cantidad de información. El problema está en que, debido a nuestro apuro por superar los momentos tan rápido como nos sea posible, pasamos por encima de muchas experiencias enriquecedoras, y no siempre apreciamos lo hermoso de cada uno de los procesos que vivimos.

Durante nuestros años de estudios, no sólo tenemos a nuestra disposición la noticias sobre lo que sucede en torno a nuestra profesión de la boca de expertos en el área capaces de analizar e interpretar cada hecho con la mejor de las elocuencias, sino que también tenemos la posibilidad de conocer personas interesantísimas, y no me refiero únicamente a los profesores; muchos de nuestros compañeros, esos a los que a veces restamos importancia, pueden llegar a convertirse en nuestros mejores maestros; al menos en mi caso puedo decir que fue así.

Lo que ocurre cuando somos estudiantes es que queremos y creemos que podemos comernos al mundo y pensamos que, mientras más rápido cerremos etapas, más rápido terminaremos el proceso.

Y es así como nos convertimos en nuestros peores enemigos. Al no detenernos, tomar una pausa y simplemente respirar la arquitectura que nos rodea, estamos perdiendo un sinfín de oportunidades que difícilmente volveremos a tener.

¿Cuándo volveremos a tener la suerte de pasar más de 5 años con un grupo de personas con intereses en común, miedos en común, dudas y retos en común? Después de graduarnos la historia cambia y el lema termina siendo: cada uno por su cuenta.

En esa época tenemos la oportunidad de observar diferentes enfoques de un mismo proyecto; tenemos la posibilidad de analizar todos esos enfoques y entender, a través del trabajo de otros, los pros y contras de cada una de nuestras decisiones de diseño.

Entonces, sólo entendiendo que debemos caminar en lugar de correr y mirar cada nueva situación que se nos presente desde diferentes y creativas perspectivas, lograremos aprovechar la experiencia al máximo; sólo así lograremos convertir cada palabra en una enseñanza, cada momento en una oportunidad…

Versión en inglés publicada en el blog de @archGraduates http://bit.ly/n66NKa

calor venezolano

Venezuela es un país en donde la palabra “calor” no sólo se usa para describir el clima, un país lleno de bellezas y contrastes, una gama multicolor de lugares, personas y maneras de pensar… Biodiversidad en pleno, así es Venezuela.

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Cuando Tabitha me pidió escribir sobre los estudios de arquitectura en Venezuela, no pude evitar el pensar en esas cosas que son muy típicas de mi país. Y la razón por la que pensé en ellas aún cuando debería haber estado pensando en profesores, entregas de proyectos y clases de diseño es porque, para mí, lo que hace particular o especial a la educación en Venezuela es justamente eso que nos distingue como país: el calor humano

Durante mis años de estudios, los profesores eran nuestros amigos y consejeros (no todos, por supuesto, pero una gran mayoría). Estaban allí en nuestros momentos de incertidumbre, nos acompañaban en nuestras alegrías post-entrega y nos brindaban esas palabras de aliento que necesitábamos escuchar cuando empezábamos a dudar acerca de si debíamos seguir en el camino de la arquitectura.

No sé si simplemente tuve suerte de encontrarme con excelentes personas que, casualmente, eran profesores en la carrera de arquitectura, pero al menos por mi experiencia, puedo decir que los profesores son los principales responsables por el hecho de que, si tuviera que describir con 3 palabras la educación de arquitectura de mi país, estas serían: cercana, incluyente, estimulante.

Eso no quiere decir que al momento de corregir una entrega de diseño no se transformaran repentina y súbitamente en esos seres que aterran a todo estudiante de arquitectura al punto de causarnos pesadillas; esos con una enorme capacidad de conseguir las comparaciones más crueles  tales como: “ese edificio parece un nido construido por pterodáctilos en el que un grupo de extraterrestres gigantes tomaron una siesta”. Pero todo parecía ser temporal; sólo una dosis de terror infundido con la intención de hacernos esforzarnos aún más, de sacarnos de nuestra zona de confort y llevarnos al límite de nuestra creatividad.

Vamos a estar claros, la carrera de arquitectura es una carrera larga y difícil; dormimos menos, nos entregamos más y la vivimos más intensamente que los estudiantes de muchas otras carreras. Y quizás una de las pocas cosas que más me ayudó a sobrellevarla fue el tener allí, a mi lado, a personas como éstas con la disposición a ayudar y empatizar conmigo y mis compañeros.

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Si tuviera que describir a los estudios de arquitectura en mi país, diría que son básicamente iguales a los estudios de arquitectura de cualquier parte del mundo pero aderezados con una pizca de calor Venezolano

Versión en inglés publicada en el blog de Tabitha Ponte ( @tcpghttp://bit.ly/rptSGf

soy arquitecto, ergo, la palabra “ergo” está en mi vocabulario

Siempre que pienso en el estereotipo de los arquitectos, más que imaginar la tan frecuentemente descrita imagen (ropa negra y lentes de pasta) con la que suele asociársenos, pienso en las complicadas palabras que utilizamos, los tan elaborados discursos que solemos darle a nuestros clientes, la mitad de los cuales tiene menos sentido del que nos gusta creer.

Trato de entender por qué los arquitectos hablamos como lo hacemos y realmente lo único que se me ocurre es esa necesidad casi patológica de parecer más inteligentes que el resto de los mortales. *¡Sí! ¡Lo dije!*

Lo más impresionante de todo esto, es que ¡nuestro sistema funciona! Es sorprendente descubrir que, muchas veces, la cantidad de contratos conseguidos por un arquitecto, es directamente proporcional a lo rebuscado de su vocabulario.

Intento aplicar mis vagos conocimientos de psicología para descifrar este misterio, y se me ocurre que quizás los clientes realmente asumen que los arquitectos somos inteligentes, debido a que ellos (los clientes) no entienden ni la mitad de lo que los arquitectos decimos, ergo *¿Ven? Arquitecto al fin, debo usar palabras rebuscadas. Esta quiere decir por lo tanto*, los arquitectos debemos ser mucho más inteligente que ellos (clientes), ergo *de nuevo, palabra rebuscada* debemos ser muy buenos en lo que hacemos. *Lógico, ¿cierto? …¡cierto!*

Honestamente pienso que los clientes que crean en eso no deben ser muy inteligentes, o al menos no deben usar mucho la lógica, *cuchillo al cuello* porque toda esta locura de palabras incomprensibles comparadas con coeficiente intelectual, no tiene ni un poco de sentido, pero es algo tan común, que asusta. Cada vez que le pido opinión a un no arquitecto sobre alguno de mis ensayos, me sorprendo al encontrar respuestas como: “suena bonito, pero tú sabes que yo no entiendo mucho de eso.”

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No sé desde qué momento empezamos a convertirnos en máquinas del idioma rebuscado; quizás nacemos con eso y simplemente llevamos el idioma de los arquitectos impreso en los genes, o quizás  es producto de un lavado cerebral llevado a cabo durante nuestros años en la Universidad… me encantaría conocer esta respuesta.

En todo caso, estoy segura de que es una fuerza superior que se escapa de nuestro control, y la razón por la que estoy convencida de esto es porque, aun cuando siempre me he burlado del idioma de los arquitectos, no dejo de usarlo cuando me toca reunirme con un cliente; siempre lo deleito/confundo con una de esas frases que sólo nosotros sabemos lo que significa. Lo más sorprendente de todo esto, es que nosotros (los arquitectos) realmente creemos que lo que decimos es totalmente lógico y comprensible.

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Sería interesante entonces, crear un diccionario de arquitectura, pero no de esos que ya existen, que tienen la terminología técnica que solemos utilizar; me refiero a uno con las frases más comúnmente usadas para describir nuestros proyectos en las memorias descriptivas.

Uno que podamos prestárselo a los futuros clientes, para que lo lean antes de reunirse con nosotros para, de esa forma, no hacerlos sentir como unos completos ignorantes. Pero, por otra parte, entonces no podríamos cubrir nuestra necesidad patológica de parecer más inteligentes que el resto.

Mhmmm… ahora que lo pienso, el diccionario ya no parece una muy buena idea.

¿un pequeño paso hacia el futuro?

Una caminata por el centro comercial activa mis sentidos e introduce en mi mente una nueva idea. Las palabras empiezan a viajar de un lado a otro dentro de mi cabeza: productos, clientes, mercadeo, futuro

Una de ellas, decide quedarse y hacer eco: mercadeo, mercadeo.

“El marketing es un sistema total de actividades que incluye un conjunto de procesos mediante los cuales, se identifican las necesidades o deseos de los consumidores o clientes para luego satisfacerlos de la mejor manera posible…” Fuente: http://bit.ly/njqVYK

Lograr la satisfacción a través de la detección de las necesidades o deseos… ¿No es eso lo que deberíamos hacer los arquitectos?

Me parece realmente interesante el hecho de poder, de cierta forma, predecir el futuro a través del análisis de nuestros deseos, intereses y formas de vida. Es por eso que para mí, el mercadeo es mucho más que un conjunto de procesos. Es una herramienta que nos permite elaborar pronósticos; es como tener nuestra propia bola de cristal.

Lo que realmente escapa a mi comprensión es cómo, eso que funciona tan bien para el lanzamiento de nuevos productos, no ha sido adaptado y aplicado en el campo de la arquitectura con la misma intensidad. Sí, nos reunimos con el cliente y escuchamos sus necesidades y realizamos una propuesta en base a ellas, pero ¿son esas necesidades de las que nos habla el cliente realmente sus necesidades? ¿O son las de algún cliente que logró publicar su proyecto en una revista o libro?

Los seres humanos le damos mucha importancia a la estética, a la imagen, a lo que nuestros ojos nos dicen que es bello y, a veces, ese deslumbramiento evita que seamos objetivos y honestos con nosotros mismos. En ocasiones, dejamos a un lado aquello que es vital para nosotros, nuestras verdaderas necesidades, para darle paso a lo hermoso, agradable a la vista.

El concepto de placemaking es quizás lo más cercano que tenemos como conexión entre el mercadeo y nuestra profesión, pero está orientado al hacer ciudad, al urbanismo; ¿pero y qué pasa con la pequeña y mediana escala? ¿Qué pasa con la arquitectura?

Intenten buscar mercadeo y arquitectura en google y sólo obtendrán un grupo de páginas que nos dan recomendaciones para lograr conseguir clientes. Pero, ¿y si ya tenemos cliente? ¿Por qué no pensar en la posibilidad de incorporar el mercadeo en la arquitectura en una etapa posterior?

Es allí, en esa etapa en la que se hace imperativo definir necesidades donde pienso tendría cabida el mercadeo en nuestra profesión. Una ayuda externa de alguien o algo capaz de captar a ciencia cierta lo que el cliente requiere; una herramienta que le permita al cliente abrazar sus deseos más ocultos.

Un análisis objetivo realizado con técnicas de estudio comprobadas, podría ahorrarnos muchos futuros problemas. Y para esto, trabajar de la mano con profesionales del medio que nos ayuden a desarrollar un nuevo sistema de estudio que pueda ser aplicado a la arquitectura, se hace necesario.

No intento pretender que una fría encuesta es la solución a nuestros problemas; siempre he sido partidaria de que la conexión con el cliente debe estar presente en todo momento; es por eso que me refiero a adaptar o desarrollar un nuevo sistema, uno que nos de la capacidad de ser objetivos sir poner kilómetros de distancia entre el cliente y nosotros.

Pienso que el futuro nos daría mucho menos miedo si supiéramos realmente cómo nos comportamos, por qué lo hacemos y cuál es la forma de seguirlo haciendo sin preocuparnos por los problemas que ese comportamiento pueda traernos más adelante.

Es posible que de esta forma pudiéramos diseñar proyectos hechos a la medida de necesidades reales, previendo problemas reales, dando quizás, un pequeño paso hacia el diseño del futuro

confía y empieza a soñar

Sentada frente a mi máquina, recordando mis años como estudiante, me siento invadida por un sinfín de emociones. Recuerdo el sentirme grande, adulta, con un propósito en la vida, pero por sobre todas las cosas, recuerdo la ansiedad; esa que provenía de no tener idea de lo que podía pasar después de la entrega de algún proyecto en las clases de diseño. La intensa angustia y vacío en el estómago producto de no tener una regla a seguir, una lista de pasos que me permitieran saber cuándo, mi arduo trabajo, daría buenos frutos. No era igual para los estudiantes de otras carreras. Los estudiantes de ingeniería, por ejemplo, sabían que, si se aprendían las fórmulas, saldrían bien en los exámenes; pero era distinto para nosotros, todo era subjetivo y confuso.

Cada vez que nos daban una nueva asignación, un nuevo proyecto a ser desarrollado, corríamos a la biblioteca (sí, biblioteca, no utilizábamos el internet con tanta frecuencia como ahora) a buscar tanta información como nos permitiera el limitado tiempo libre que teníamos. Llenábamos nuestras mentes con las fotografías instantáneas que tomaban nuestros ojos; líneas rectas, líneas curvas, dobles alturas, llenos y vacíos; todo lo que a otros les hubiese funcionado en el pasado, con la intención de hacernos creer a nosotros mismos que teníamos esperanzas de hacerlo bien.

Era tan claro para nosotros que ese era el camino a seguir, que casi empezaba a convertirse en LA regla; esa regla que no teníamos pero que tanta falta nos hacía. Incluso los profesores la apoyaban, era la forma en la que, según ellos, podíamos echar a andar el proceso creativo.

Siempre recuerdo que, en las clases de diseño, los profesores solían ir de puesto en puesto para escuchar nuestras largas y rebuscadas explicaciones sobre el proyecto en el que estábamos trabajando y, la mayoría de las veces, al terminar nuestra explicación, ellos nos recomendaban buscar información sobre algún arquitecto que hubiesen asociado con nuestro diseño. En una oportunidad, cuando el profesor casi terminaba su ronda, se topó con uno de mis compañeros y, después de escuchar su descripción del proyecto, le dijo: “No busques más información, tienes demasiadas referencias en mente y ya el proyecto no parece tuyo.”

Ese es uno de los momentos que marcó mi carrera y me hizo abrir los ojos. Allí, parada, como frente a una pantalla de cine observando una película de suspenso, entendí, por primera vez, que no se trataba de convertirnos en bibliotecas ambulantes capaces de recitar uno a uno los proyectos realizados por los grandes arquitectos; que debíamos ser capaces de creer en nosotros y de hacer que el mundo creyera en nosotros.

Entendí que debemos evitar caer en el camino común, el seguido por la mayoría, ese que, durante los años de estudio, parte de la incertidumbre de no saber lo que hacemos, y que nos lleva a concentrarnos demasiado en lo que hacen los demás, los conocidos, los grandes y famosos.

No se trata de reinventar la rueda, y por esto es importante analizar lo que otros han hecho en situaciones similares, pero es muy importante descubrir quienes somos para lograr tener éxito. Siempre debemos dejar nuestra marca, nuestro sello, ese pequeño detalle que nos diferencia del resto y nos hace especiales. Sé que lleva tiempo, pero cuando logramos la confianza necesaria para saber de lo que somos capaces, realmente empezamos a disfrutar nuestra carrera.

La arquitectura es una profesión hermosa, capaz de permitirnos dejar una huella en el mundo, pero sólo cuando adquirimos la confianza necesaria para avanzar, para dejar atrás las inseguridades, las referencias, logramos grandes cosas.

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Un poco de confianza y unas cuantas horas de estudio e investigación pueden llevarnos tan lejos como podamos soñar…

simple honestidad

Desde que estudiaba en la Universidad, recuerdo haber sentido una especie de rechazo por aquellos proyectos que eran presentados con exagerados y fantasiosos renders.

La razón de mi rechazo era simple, yo sentía que la persona presentando el proyecto se escudaba detrás de una imagen llamativa para no tener que dar detalles importantes sobre el diseño realizado. Esa era mi percepción inicial, y probablemente estaba equivocada más de la mitad de las veces, pero era la sensación que este tipo de presentaciones producía en mí.

Siempre me pareció mucho más atractivo ver la presentación de un proyecto que incluía muchos planos y sketches, que una con extrañas e irreales perspectivas.

No me malinterpreten, pienso que el lograr construir una imagen de ese tipo tiene muchísimo valor, algunas de ellas casi pudieran ser consideradas como obras de arte, pero para un arquitecto tratando de dar a conocer un proyecto, una imagen como esta puede llegar a dar una falsa impresión de lo que el proyecto es en realidad. La realidad, la que debería estar siendo representada, puede llegar a desaparecer entre colores contrastantes y exceso de luces o sombras.

Hay montones de firmas de arquitectura que emplean esta herramienta para presentar al mundo sus diseños. MVRDV es una de ellas, y si bien muchos de sus proyectos construidos me parecen bastante interesantes, pienso que sus renders no reflejan lo que realmente son.

Estas imágenes son hermosas, verdaderamente hermosas, pero luego de verlas, de analizarlas, ¿nos dejan una idea de cómo son los espacios?

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Con los años, mi mente se ha abierto un poco (o mucho) a la tecnología y he empezado a apreciar la importancia de una imagen que ayude a entender las líneas a las que nosotros los arquitectos llamamos planos, sobre todo he entendido lo importante que es para los clientes, quienes no fueron entrenados para leer planos como nosotros.

Pero aún así, las imágenes fantasiosas siguen sin agradarme.

Hay muchos programas que nos permiten reflejar nuestros diseños tal y como los hemos imaginado. El SketchUp, por ejemplo, me parece una excelente opción para hacer entender lo que en nuestra mente está tan claro, sin caer en fantasías. Este programa nos permite mostrar una imagen de nuestro proyecto que bien pudo haber sido dibujada por cualquier persona (claro, cualquier persona que, a diferencia de mi, sepa dibujar bien).

Cuando vemos una imagen creada con este programa, sabemos que lo que estamos viendo es un dibujo, no estamos engañando a nadie haciéndole creer en un espacio que no existe y probablemente no llegue a existir, pero aún así entendemos el proyecto; su volumetría, los colores y materiales a ser empleados, la implantación, y tantos detalles como queramos incluir.

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El trabajo de un arquitecto va mucho más allá de imaginar y crear. Cuando empezamos a trabajar con un cliente, adquirimos una responsabilidad con él o ella. Es nuestro deber entender lo que quiere y presentarle una propuesta coherente con sus necesidades, pero también es nuestro deber ser honestos con él o ella.

Nos complicamos demasiado tratando de embellecer nuestras palabras, actos y, en el caso de los arquitectos, nuestros diseños, pero a veces, la forma más hermosa y honesta de hacer las cosas es también la más sencilla…

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